Mi mente es una cárcel de altos infranqueables muros, con apenas un hueco con barrotes como puños por donde mirar al exterior, donde otros son felices sin ser sometidos a condena injusta y desmedida. ¿Por qué? Puedo reír y llorar, hablar y amar. Nací atrapado sin la llave del cerrojo, crecí rasgándome las uñas en mis grilletes y moriré arrancándome a dentelladas mis astillados huesos. Galopan libres mis lágrimas y mis chillidos causan terremotos, si acaso un pequeño murmullo al oído externo. Se preguntan quizás que hay en lo alto de la torre y parece que nunca la podrán pisar, pero cuentan que aquello es demasiado oscuro para la gente normal. ¿Por qué no baja nunca? Desde un sitio tan alto, no puede jugar. Y lo sabe y lo siente y lo sufre. Nunca os acerquéis niños, no hay inocencia en sus ojos. ¿Y por qué no lo rematan, si está moribundo? Se quema lentamente, se apaga poco a poco, se extingue la pequeña llama que iluminaba su rostro. ¿Y qué más da? Es otro más. Por mi, lo podrían ejecutar…
Alejandro de Chagro