Lo odio. Odio el mazazo que supone el despertador cada mañana. Otro día insípido… otro más. Desayunar, ir a trabajar, comer, trabajar, volver a casa ¿Dónde quedó el ocio? ¿Dónde escondieron los sentimientos? Cedimos… cedimos al capitalismo. Somos sus pequeñas marionetas, sus diminutos engranajes que lo hacen funcionar. Es curioso como el ser humano siente miedo. Tenemos miedo de nosotros mismos, de pensar, de sentir, de ser creativos o de poder sentir dolor. Era más fácil crear algo que nos cosificara, que nos guiara y nos permitiera no pensar. No somos más que un bolígrafo, una tuerca, una rueda o un trozo de papel. El camino sencillo nos hizo elegir sin dudar, y sustituimos los sentimientos por falsos placebos: consumismo (por felicidad), beneficio (por autoestima), egoísmo (por compasión)… Y en cambio los sentimientos inútiles fueron eliminados: amor, empatía, cariño… son palabras que apenas ya se usan.
Todas las mañanas me repito el mismo discurso, para siempre llegar a la misma pregunta: ¿qué hacemos los que nos quedamos fuera? Podemos ver que esto no esta bien, no nos dejamos llevar por la multitud. Sin embargo no podemos ir e contra de ella y nos quedamos sin la capacidad de ser felices. Simplemente no sabemos. Y vamos viviendo de forma triste, hasta que morimos.
Pero aunque no encaje aquí, tengo que vivir, trabajar, tener una casa… ¿Por qué soy químico? Algo tenía que hacer ¿Era lo que más me gustaba? Desde luego que no… pero era quizá lo que menos me disgustaba. Ya no hay cabida para la vocación. El talento ha cambiado, ahora consiste en la capacidad de generar dinero y depredar, ese es el nuevo “talento”. Literatura, música, artes escénicas, filosofía… ¿de qué servía todo aquello en esta nueva sociedad? Absolutamente de nada… es más, son cosas perjudiciales que hacen pensar y desarrollan la creatividad, son cosas peligrosas que debían ser prohibidas. Pero la culpa es nuestra por aceptarlo. Estamos encerrados, nada de esto parece que vaya a cambiar y cada vez se hace más evidente
Como cada mañana voy andando al trabajo (cosa cada vez menos frecuente en la gente, como dar un paseo), aunque siempre sigo el mismo camino. Dos cafeterías, tres bancos, incontables tiendas (ropa, electrónica, cosméticos…), dos centros de adelgazamiento (paradójicamente la imagen es muy importante; la sociedad de la apariencia, bello por fuera y vacío por dentro), ni una librería, ni un teatro, ni medio cine (y no me refiero a las veintitrés salas donde proyectan basura en imágenes, incluso e tres dimensiones que te hacen apreciar todos los matices de la mierda que estas viendo, carentes de argumento y de sentimiento… pero sin embargo desbordan violencia, diálogos insípidos y efectos especiales. Pero aun así… son taquilleras). Pero lo que más me perturba, sin duda, es pasar por delante del colegio (que queda a apenas doscientos metros de mi trabajo). Normalmente intento bordearlo o cambiar de calle, pero hoy al ensimismamiento mental en el que me he sumergido ha sido el causante de que pase justo por la puerta. Es la hora de entrar de los pequeños futuros consumistas. Por eso no existe la esperanza del cambio, criamos a pequeños monstruos pasivos que solo han conocido este momento… son los hijos del capitalismo y no sobrevivirían sin él, no podrían entender la vida de otra manera. Todos en fila, no corren, no hablan, no juegan, solo esperan… esperan ordenes que acatar como un ejercito de infantes (siempre que lo veo me dan escalofríos). Podríamos decir que la escuela se trata de un cursillo de como vivir, una preparación, un lavado de cerebro que mata sus pequeños sentimientos. Maldigo el día que caí enfermo y me quedé en casa tanto tiempo lejos de esa nociva influencia necesaria para sobrevivir aquí. Maldigo el día que empecé a pensar y a ser diferente.
Cincuenta metros. Solo eso y me liberare de mis tormentosos pensamientos ¿A qué punto hemos llegado? Los pensamientos… una amenaza.
-¡Al suelo! Tranquilícese…
Oigo ruido, gritos y alarma en los niños. Me giro rápida e impulsivamente (no es nada común oír tales alaridos en la calle) Hay un hombre que parece que vaya a caerse y se está… ¡se está riendo! Hacía años que no escuchaba una risa (ya no hay tiempo para eso, hace años que fue eliminada). El hombre se carcajeaba de forma obscena. Le lloraban los ojos, estaba rojo y empezaba a caerse al suelo sin dejar de reírse. Los niños lo rodeaban señalando, cuchicheando… estaban asombrados, probablemente nunca habían visto nada así. La maestra, como podía, forzaba a los niños a entrar al recinto intentando que dejasen de mirarlo (dios… eso los traumatizará casi de por vida, pensaba probablemente la maestra). La policía estaba ahí intentando llevárselo, pero aquel hombre no podía tenerse en pie. Entre ambos agentes consiguieron reducirlo y forzarlo a ir con ellos (era increíble lo eficiente que era la policía en estos casos… cuando pasaban cosas que la gente corriente no debía ver). En pocos segundos únicamente quedaban un par de personas testigos de tal escándalo público, que comentaban lo que había pasado.
-Que vergüenza, delante de los niños… desviando a los pequeños.4
-Malditos drogadictos, deberían deshacerse de ellos. Espero que le den un buen escarmiento.
Que situación más extraña… parece ser que soy el único que ve lo inverosímil que es todo esto.
Alejandro de Chagro